Antireseña de Alondra (Laura Gallego) o de cómo me convertí en una chica pájaro


En la vida todo se puede explicar en términos de relaciones de amor y odio. Al menos, así es como explico la química a mis alumnos de repaso y como la concibo. Cualquiera puede entender estos sentimientos porque vienen intrínsecos en nuestra esencia y a mi, quizá en un exceso de inocencia, me gusta pensar que todo lo que hemos creado o descubierto puede leerse en este código universal.

Los electrones se sienten atraídos por los protones y, como si fueran chiquillos enamorados, dan vueltas, cortejándolos, sin valor a acercarse mucho. Love is in the air. Del comunismo y el capitalismo nos han mostrado que comparten históricamente una relación de odio, pero en mi opinión tienen mucho más en común de lo que nos quieren hacer pensar: ambos comparten un amor común, la búsqueda por la mejor forma de organizar una sociedad. Me gustaría poder decir lo mismo de los políticos, pero la única relación de amor que hay allí es la de los hooligans, también llamados votantes, hacia sus dirigentes.

La del lector con un libro también es una relación de amor, y casi podría decir, exenta de odio. Es una de las más bonitas. El escritor se abre en canal buscándose a sí mismo y el lector al leerlo se encuentra. Es una relación egoísta pero sana, porque ninguna de las partes se olvida de sí mismo.

No obstante, cuando escribimos una reseña sí que hemos de hacerlo y se convierte en una relación tóxica. Me explico. El retrato de Dorian Gray es un libro que me fascinó, pero probablemente lo hizo mucho más que después de un año en mi habitación, el libro siguiera oliendo a la persona que me lo regaló. How to hang a witch me gustó por la perspectiva diferente que le da a los juicios de Salem, pero si mi habitación estuviera ardiendo en llamas no lo salvaría por eso, sino porque es una novela que me trajo desde Boston una amiga que se mudó años atrás. Por las pegatinas que hay fuera, parece que en el pasado perteneció a una biblioteca, pero al abrirlo por la primera página puedes leer su nombre en letras bien grandes.

En definitiva, yo defiendo que un libro cuenta dos historias y ambas son importantes. La primera es la que puedes encontrar dentro de sus páginas y es la más obvia. La segunda, también importante y más olvidada, es la que tiene extraliterariamente el lector con la obra.

Así que bien. Si en una reseña el lector se olvida de sí mismo y se centra en hablar del libro, yo opino que en una antireseña el libro tendría que hablar del lector. Hoy voy a hacer la antireseña de un relato de Laura Gallego muy poco conocido, Alondra.

A día de hoy, este relato está publicado exclusivamente en la página oficial de la autora (aquí). Es un relato infantil que trata de una niña con alas que vive en un palacio sobre las nubes pero que jamás se ha atrevido a volar más allá de los alrededores de su torre. Un día, decide atreverse a hacer realidad sus sueños y emprende el vuelo.

Quiso hablarle de todo cuanto había visto, pero calló, porque comprendió que el canario nunca tendría valor para adentrarse en lo desconocido porque siempre había visto el mundo a través de aquellos barrotes. “Es como los humanos”, pensó. “No sabe que está incompleto. No quiere saberlo, porque tiene miedo de descubrir que una vez perdió algo importante que ya no puede recuperar”

Alondra es una niña que se siente sola tanto con los pájaros como con los humanos. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta del carácter alegórico de la obra, una de las únicas de la autora que lo tiene. Laura Gallego siempre ha escrito fantasía por la mera fantasía. En sus obras, las criaturas fantásticas no tienen otro papel ni propósito que el de ser criaturas. Con todos sus claroscuros, personalidades e historias, como cualquier otro personaje, pero sin ningún simbolismo metafórico detrás.

A pesar de ser una de sus obras menos conocidas (por ser un relato y estar publicado en la página web), es aquella que tiene un mayor simbolismo e impacto en mi vida.

Una tarde hace cinco años, no sé por qué razón, pasé horas leyendo sobre el mirlo. Descubrí que a lo largo de la historia a los pájaros negros se los ha considerado como portadores de malos augurios. No ha sido así con el mirlo, que se ha percibido como un animal sagrado y relacionado con cosas buenas, a pesar de su feo aspecto. En aquel entonces, me gustaba pensar que yo era como un mirlo: aunque externamente impusiera respeto, por dentro era un diamante en bruto.

Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont de Arts.
Rayuela - Julio Cortázar

Con el tiempo, quise deshacerme del significado tan deprimente que le había dado a mi tótem alado y adopté el nombre de alondra. Cuando hice este cambio, fue simple y llanamente para deshacerme del anterior: para mi, alondra era como una página en blanco. Lo elegí por su sonoridad. En ningún momento pensé en darle un simbolismo.

Un día me encontraba dando vueltas por la página de Laura Gallego cuando un título me saltó a la vista: Alondra. Me sentí como aquella chica pájaro que buscaba su lugar en el mundo y no lo encontraba.

No dudó en continuar volando, siempre adelante. No sabía hacia dónde iba, no sabía de qué estaba huyendo; sólo quería volar y volar, muy lejos, lejos de la Ciudad, lejos de los hombres.

A raíz de este relato empecé a relacionar cada etapa de mi vida con un pájaro. Después del mirlo y la alondra llegó la paloma. Fue una época donde cometí muchos errores y quien dio nombre a esta nueva etapa fue Rafael Alberti con un poema que empieza así: "Se equivocó la paloma./Se equivocaba./Por ir al Norte, fue al Sur./Creyó que el trigo era agua./Se equivocaba.".

Aquellos meses descubrí que La oreja de Van Gogh tiene muchas canciones en las que aparece la paloma. La que más me impactó fue La chica del espejo, donde hay un par de versos que dicen: "pero déjame contarte que aprendí que la paloma/nunca deja de ser ave aunque tenga un ala rota".

Quizá suene egoísta, pero me fascinó, porque sentí que el arte podía hablar de mi. Lo mejor del arte es que habla de todos nosotros y a cada uno nos cuenta una historia diferente. Sentí como si La oreja de Van Gogh, setenta años después respondiera a Rafael Alberti y le cantara que aquella paloma equivocada seguía teniendo alas. No es ni de lejos lo que le cantaría a todo el mundo, porque una misma obra nos susurra al oído algo diferente a cada uno de nosotros. Estas historias para mi son tan importantes como la propia obra, pero por motivos obvios no se ven reflejadas en las reseñas.

¿Motivos obvios? Supongo, pero para mí no lo son tanto. Yo quiero hablar de cómo un libro llegó a mis manos. Quiero escribir cientos de palabras sobre cómo un único párrafo a veces es más importante para mi que todo el resto de la obra junta. O cómo los libros pueden cambiar el mundo, aunque a veces solo sea un único mundo, el del lector. Así que eso es lo que voy a hacer. A partir de ahora, y siempre que lo vea conveniente, pienso subir la reseña (que será como las que vengo haciendo desde siempre) y la antireseña de un mismo libro.

Una vez me dijeron que yo era como un océano: cuanto más te sumergías en él, más te dolía la cabeza por la presión pero a la vez más cosas fascinantes descubrías. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que no quiero ser un océano, yo quiero ser una gaviota. Quiero sobrevolar el océano y que la gente solo tenga que alzar la vista para verme.

En el relato de Alondra de Laura Gallego, Alondra vuelve a su torre y se queda esperando a más gente como ella. Es un final tierno, pero no puedo coincidir con él. Alondra debería haberse convertido en una gaviota y seguir con su viaje. 

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